En Málaga, entre la rutina del trabajo como administrativa en la cadena de suministros de El Corte Inglés y la vida familiar, Belén Padilla Ruiz ha encontrado un refugio inesperado en el pan. Sus jornadas transcurren entre balances, pedidos y logística, pero al cruzar la puerta de su casa, el mundo cambia. Allí, entre harinas, masas y fermentaciones, Belén se reconcilia con un ritmo más lento, con la paciencia y con un olor que, para ella, es inconfundible: olor a triunfo.
“Sinceramente no me acuerdo de cuándo lo descubrí, imagino que de antes de salirme los dientes.”
El pan la acompaña desde siempre. Para ella, es tradición y armonía en la mesa, pero también memoria. En su infancia, los veranos en los Baños del Carmen se llenaban de risas, playa y bocatas de lomo en manteca que compartía con sus vecinas.
“Recuerdo de niña ir con mis vecinas con unos ricos bocatas de lomo en manteca para las meriendas en la playa de los Baños del Carmen.”
Un diagnóstico que lo cambió todo
Décadas más tarde, el pan volvió a irrumpir en su vida, esta vez con un peso distinto. Cuando a su hija le diagnosticaron celiaquía, Belén se enfrentó al reto de encontrar panes que no solo fueran seguros, sino también dignos de su mesa. El panorama no era alentador: panes caros, llenos de conservantes y con una textura que ella describe sin rodeos:
“El pan sin gluten que había entonces parecía cartón.”
De los primeros intentos a la masa madre
El pan, sin embargo, era imprescindible, sobre todo en los desayunos de su hija. Así que decidió ponerse manos a la obra. Compró una panificadora y empezó a probar con mezclas comerciales sin gluten. Los resultados eran panes altos, tipo molde, cargados de levadura, que cumplían pero no convencían.
Aquello fue solo el primer paso. Belén, inquieta y curiosa, siguió investigando. Encontró grupos de Facebook dedicados a la masa madre, vio decenas de vídeos en YouTube y, con mucha paciencia, logró algo que parecía imposible: crear su primera masa madre sin gluten.
Convivir con dos mundos: con gluten y sin gluten
El camino no fue fácil.
“Intentaba hacer lo mismo que veía a otros, pero mis masas no tenían ese aspecto.”
Esa diferencia la llevó, con el tiempo, a dar un paso más: empezar a trabajar también con harinas con gluten, para el resto de la familia.
“El día que compré harina de trigo, después de cinco años sin tocarla, me sentí como si estuviera haciendo algo prohibido.”
Desde entonces, su cocina convive con dos mundos: el sin gluten, cuidado con precisión y mimo, y el con gluten, que le permite experimentar técnicas, harinas y recetas.
Hoy se ríe de aquellos primeros panes: piedras incomibles en versión sin gluten, hogazas apelmazadas y planas en versión con gluten. Pero también reconoce que en aquel momento se sentía orgullosa, porque cada pan era un triunfo. Ese aprendizaje lento le enseñó que el pan no va de resultados inmediatos, sino de paciencia, ensayo y error.
El pan como lazo familiar
Con los años, el pan se convirtió en el hilo que une su día a día. Es lo que abre las mañanas, lo que acompaña las comidas y lo que nunca falta en las reuniones familiares.
“No hay una comida en la que no aparezca con un pan de masa madre bajo el brazo. Me gusta compartirlo y ver cómo lo disfrutan.”
A veces, incluso recupera rituales que le devuelven la ilusión del principio: como aquel sábado en el que se levantaba temprano para amasar un pan candeal con masa madre y una pizca de levadura, y tenerlo listo justo a la hora del almuerzo. El crujido de ese pan recién horneado en la mesa sigue siendo uno de sus recuerdos favoritos.
La alegría de compartir y enseñar
El pan, además, ha tejido un puente con la siguiente generación. Su nieta, con apenas cinco años, se ha convertido en su mejor ayudante.
“Abuela, ¿hacemos pan? O, en videollamada: ¿estás haciendo pan sin mí?”
En esas risas compartidas encuentra la esencia de todo lo que significa para ella amasar: transmitir cariño, crear memoria y dejar huella.
Para Belén, cada masa es también una lección personal. Ha aprendido a tener paciencia, a disfrutar de los tiempos lentos y a reconocer que, aunque nunca se le dieron bien los trabajos manuales, con agua, harina y sal es capaz de crear algo que emociona a los suyos. Y eso, confiesa, la llena de orgullo.
Porque en su casa, cada hogaza cuenta una historia. Y cada historia huele a pan.
Mirada íntima – Lo que el pan dice de ti… y tú del pan
¿Cuál es ese pan que nunca te cansa, ni de hacer ni de comer? Los panecillos franceses. Siempre me apetecen y nunca me canso de hacerlos, porque tienen el equilibrio perfecto entre sencillez y sabor.
Si tuvieras que elegir solo una harina para seguir horneando, ¿cuál sería y por qué? La panadera ecológica de La Fuensanta. Es de mi tierra y con ella he conseguido panes muy sabrosos, que me transmiten cercanía y confianza.
¿En qué parte del proceso panadero sientes más satisfacción o conexión? En los pliegues. Mojar las manos, estirar la masa y ver cómo responde me da mucha tranquilidad. Ahí ya sé si la masa va por buen camino.
¿Tienes alguna herramienta o utensilio que te acompaña desde siempre? Dos rasquetas de plástico muy sencillas. No son nada especial, pero siempre las tengo a mano y para mí son imprescindibles.
¿Recuerdas una hornada que te haya marcado especialmente? Más que una en concreto, varias. Hay hornadas que se me han quedado grabadas porque estaban ligadas a momentos familiares importantes o a comidas compartidas.
¿Hay alguna costumbre o pequeño ritual que repitas siempre al trabajar la masa? Sí. Me gusta mirar mi masa madre, decirle lo bonita que está y olerla. Puede parecer raro, pero para mí es una forma de conectar con ella.
¿Qué huele distinto cuando sabes que el pan está saliendo bien? El olor cambia. No es solo aroma a pan, es algo más profundo… para mí huele a triunfo.
¿Qué te dice tu cuerpo cuando llevas muchas hornadas encima, pero sigues amasando? Que estoy cansada, con dolores, claro. Pero al mismo tiempo pienso que lo disfruto tanto que merece la pena. Como se suele decir: sarna con gusto no pica, pero mortifica.
¿Dónde encuentras calma cuando no estás en la cocina u obrador? En mi pequeña terraza, con el fresco, leyendo algún libro de panadería o hablando por teléfono. Y también en las clases de baile flamenco, que retomé y me hacen desconectar.
¿Qué sueles hacer para celebrar que algo ha salido bien? Lo celebro con un “¡Olé!”, tocando las palmas e incluso bailando.
¿Qué persona cercana ha sido clave en tu camino como panadera? Mis tres hijos. Siempre agradecen lo que hago y eso me anima mucho. Pero sobre todo mi hija, mi celíaca preferida, porque fue gracias a ella que empecé en todo esto.
¿Qué haces con el pan que no sale como esperabas? Casi nunca tiro nada. Lo convierto en pan rallado, lo guardo para salsas que llevan pan frito o lo uso para hacer unas migas. Siempre tiene un uso.
¿Tienes alguna frase o pensamiento que te ayuda en los días difíciles? Sí: “Ya vendrán tiempos mejores.” Es simple, pero me da fuerzas.
¿Qué película, libro o canción sientes que te representa o que te acompaña? No sabría elegir una en concreto, pero lo romántico siempre me acompaña. Me gusta lo que transmite calma y sentimiento.
El alma de su historia
Belén Padilla Ruiz no busca abrir una panadería ni dedicarse profesionalmente al pan. Su proyecto es más íntimo: seguir aprendiendo, mejorando y compartiendo con los suyos hogazas y piezas hechas con paciencia y cariño.
Cada pan suyo guarda detrás una razón: la necesidad de cuidar a su hija celíaca, la ilusión de sorprender a su familia, la alegría de amasar junto a su nieta o la satisfacción de poner un buen pan en la mesa del sábado. Esa es la esencia de su historia: convertir lo cotidiano en algo valioso, hecho con sus propias manos.
“Con amor y paciencia, nada es imposible.”
Hay un detalle que parece escrito para ella: descubrió que su nombre, Belén, significa en hebreo “casa donde se hace el pan.” Y en su caso, no puede ser más cierto. Su casa huele a pan, a tradición y a triunfo.
Puedes seguir sus elaboraciones en Instagram: @lenbepa